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Cuando el valor de la vida se desvanece entre la rutina.

  • Foto del escritor: Daniel Charis
    Daniel Charis
  • 3 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Por. Daniel Charis Carrasco. Arquitecto y Perito Valuador.

03 de Noviembre de 2025.



La noticia del asesinato del alcalde de Uruapan, Michoacán, Carlos Manzo Rodríguez, durante los festejos del Día de Muertos, nos volvió a recordar una verdad dolorosa: seguimos perdiendo vidas en medio de los espacios donde deberíamos celebrar la unión y la memoria. Fue un hecho que no sólo impacta por su gravedad, sino también por el momento y el lugar en que ocurrió. En una fecha que simboliza respeto y recuerdo hacia quienes ya partieron, la violencia volvió a irrumpir en lo más sagrado: la vida misma.


Como valuador profesional, dedico mi trabajo a identificar el valor real de los bienes. Analizo factores físicos, económicos y funcionales para determinar cuánto vale el patrimonio de las personas. Sin embargo, hay realidades que ninguna metodología puede medir. Existen “bienes” que son invaluables: la vida, la paz, la armonía. Su pérdida no se compensa con nada, porque lo que se extingue no es solo una existencia, sino parte del equilibrio de toda una comunidad.


La violencia destruye estructuras físicas: devalúa el entorno, frena el desarrollo y altera la percepción de seguridad que da sentido a cualquier inversión o proyecto. Pero cuando una comunidad pierde vidas humanas, pierde mucho más que eso. Se rompe algo que no puede reconstruirse con dinero: se pierde la confianza, el propósito compartido, la energía que impulsa a una sociedad a avanzar. Cada vida arrebatada deja un vacío que no debería medirse solo en cifras, sino en ausencias. Y cuando esas ausencias se multiplican, el daño deja de ser individual para convertirse en una herida colectiva que debilita todo lo que una comunidad representa.


Lo ocurrido en Uruapan no debe entenderse únicamente como un hecho aislado, sino como un reflejo de una realidad que nos concierne a todos. La violencia es un problema social que trasciende regiones, clases o ideologías, y que no debe normalizarse. Nos alcanza como mexicanos y nos invita a reflexionar sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo, sobre el valor que damos a la vida y sobre la responsabilidad que tenemos en su preservación.


Cada persona tiene un papel que cumplir en esa construcción: cuidar, escuchar, participar y respetar. La paz no se impone, se edifica desde lo cotidiano, desde los pequeños actos que fortalecen la convivencia y devuelven sentido a lo humano.


Valuar no siempre significa asignar una cifra a un bien; a veces significa reconocer lo que estamos perdiendo. Significa mirar con atención lo que realmente tiene peso en nuestra vida cotidiana: la seguridad, la armonía y el respeto mutuo. También implica valuar lo intangible: la tranquilidad de volver a casa, la confianza de dejar que un hijo camine a la escuela, la serenidad de trabajar sin miedo. Cuando eso se pierde, ninguna cifra puede reflejar el verdadero alcance del daño.


Solo cuando entendamos que el valor más alto no se mide en dinero, sino en la vida misma, podremos aspirar a un país más equilibrado, donde el progreso no se mida por el valor económico del patrimonio, sino por la paz y la armonía que logremos en nuestra vida diaria.


Hoy más que nunca necesitamos reconstruir el valor de lo esencial: la vida. Porque cuando eso se pierde, todo lo demás —por valioso que parezca— deja de tener sentido.



 
 
 

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